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Cultivemos la resiliencia

12-07-2018
Francisco Chapela /  Estudios Rurales y Asesoría.  Miembro de la cámara social del FSC
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¿Qué factores determinan que un bosque permanezca? ¿qué factores definen si una reforestación es exitosa? Aunque no existe una respuesta sencilla a estas preguntas, debido entre otras cosas a que la permanencia de los bosques o el éxito de las reforestaciones depende de muchos elementos, el análisis de los sistemas socio-ambientales nos da pistas interesantes.

Hace unos 40 años, algunos ecólogos como C.S. Holing1, interesados en la recuperación de los ecosistemas, propusieron que los sistemas naturales se pueden entender mucho mejor como entidades en cambio constante.

Por lo tanto, no deberíamos preocuparnos tanto por tratar de conservar los ecosistemas intactos, cosa que es imposible mientras estén vivos, sino de mantenerlos dentro de ciertos rangos en un momento dado y a lo largo del tiempo. Si nos interesa -por ejemplo- que las selvas permanezcan, deberíamos enfocar nuestros esfuerzos a que esos ecosistemas tan cambiantes sigan siendo selvas y, de ser posible, evitar que los cambios que sufran con el tiempo los conviertan en otra cosa.

Básicamente, fue un llamado de atención a los conservacionistas sobre el hecho de que no puede pretenderse conservar una población o un ecosistema vivos en un estado determinado a lo largo del tiempo.

Esta idea simple, y obvia para muchos ya en pleno Siglo XXI, revolucionó las ideas acerca de cómo cuidar los bosques y otros ecosistemas. En lugar de pretender la “conservación” en un estado fijo, es mejor buscar cómo dotar a los bosques y otros ecosistemas de “resiliencia”.

¿A qué se referían los ecólogos de los 1980s y 1990s cuando proponían que los ecosistemas deben tener “resiliencia”? Según el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra resiliencia viene del inglés “resilience” y ésta a su vez del latín, resiliens/resilientis, que se refiere a “resilīre”; es decir, “saltar hacia atrás”, “rebotar”, “replegarse”.

Para el caso de los bosques, esta perspectiva permite analizar y entender qué mecanismos permiten al bosque “resalir”, después de ser impactado por, digamos,  un incendio, un deslizamiento de tierra o una plaga.

Más que dedicar nuestra atención y esfuerzos a evitar que el fuego, las tormentas o los insectos se presenten, parece ser más provechoso atender a los factores que permiten la regeneración o recuperación después de esos impactos.

Con esta óptica, que asume que los agentes externos estarán actuando constantemente y los componentes internos del bosque también estarán generando procesos de cambio, la permanencia de un bosque o el éxito de una reforestación dependerá de que los factores de resiliencia estén presentes. La cantidad, tipo y viabilidad de semillas, acodos, bulbos u otras estructuras de propagación en la capa superficial del suelo forestal son más relevantes que otros factores.

Desde la óptica de la resiliencia, la actividad de insectos polinizadores o animales dispersores de semillas, adquiere una mayor importancia, no solamente la estructura y composición de los árboles. El estado del ecosistema es también relevante. Varias especies maderables de interés comercial, como el pino, el cedro y la caoba, tienen plántulas intolerantes a la sombra.

Las reforestaciones de estas especies que se hagan a la sombra de árboles mayores, están destinadas a fracasar, pues las plántulas no encontrarán el ambiente adecuado para crecer.

Desde la perspectiva de la resiliencia, hay que considerar no sólo a los árboles, sino a otros grupos de organismos que influyen y pueden llegar a determinar la evolución de un bosque o de otro ecosistema. Se vuelve relevante la actividad de epífitas y herbáceas, de roedores y mamíferos, de aves y murciélagos, de bacterias y hongos ...y de mujeres y hombres.

Las personas organizadas en comunidades y sociedades, han influido enormemente en la permanencia de los bosques, al grado que estudios realizados a principios del siglo XXI muestran que la evolución de las sociedades humanas y los ecosistemas naturales se vuelven inseparables, formando un “Sistema Socio-Ambiental”.2

Así, por ejemplo, el análisis del polen en distintos tiempos en la selva amazónica, revela que dicho ecosistema ha sido alterado por los humanos desde hace siglos, y sugiere que dichas alteraciones han sido favorables para la selva. Al favorecer los humanos la presencia de más árboles que produjeran frutos, con el objeto de atraer a la fauna y tener mejores áreas de caza, las comunidades a lo largo de los grandes ríos de la cuenca amazónica promovieron la existencia de bosques más densos, fortalecieron la diversidad de animales y robustecieron las cadenas tróficas.

De manera semejante, la perspectiva de la resiliencia en los últimos 40 años ha generado estudios que muestran los entramados entre ecosistemas y comunidades humanas, que han generado procesos favorables para los bosques y otros ecosistemas, debido a los sistemas productivos de las comunidades locales, incluyendo entre otros el papel de la organización social en la conservación de la selva amazónica, el efecto degradante de ese ecosistema por la ganadería no controlada por las comunidades locales4 el papel del manejo del fuego por los grupos humanos en la estructura y composición de los pastizales en Sudáfrica5, el papel del decaímiento social en el colapso de los sistemas mayas6 o la resiliencia de los sistemas socioambientales de este pueblo7.

La acumulación de evidencia acerca de los efectos en general benéficos de la relación entre bosques y comunidades humanas, sobre todo en los últimos años del siglo XX y los primeros del siglo XXI, ha llevado a una nueva generación interdisciplinaria a estudiar los Sistemas Socio-ambientales, como los entramados que son capaces de hacer que los bosques y otros ecosistemas permanezcan y que los esfuerzos de recuperación ecológica, incluída la reforestación, tengan éxito.

A cuarenta años de que Holling sugiriera tomar enfoques basados en la resiliencia para el manejo de ecosistemas, se ha desarrollado un marco conceptual robusto sobre cómo la robustez de los sistemas socioambientales explica la permanencia de los bosques y la recuperación de áreas arboladas en todo el mundo8.
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1. Holling, C.S., 1973. Resilience and stability of ecological systems. Annual review of ecology and systematics, 4(1), pp.1-23.

2 .Dietz, T., Ostrom, E. and Stern, P.C., 2003. The struggle to govern the commons. science, 302(5652), pp.1907-1912. 
Liu, J., Dietz, T., Carpenter, S.R., Alberti, M., Folke, C., Moran, E., Pell, A.N., Deadman, P., Kratz, T., Lubchenco, J. and Ostrom, E., 2007. Complexity of coupled human and natural systems. science, 317(5844), pp.1513-1516.

3 .Boyd, E. 2008 Navigating Amazonia under uncertainty: learning from past and present forms of environmental governance. Philosophical Transactions of the Royal Society B. Vol.363: 1498. Pp. 1911-1916
Erickson, C.L., 2008. Amazonia: the historical ecology of a domesticated landscape. In The handbook of South American archaeology (pp. 157-183). Springer, New York, NY.

4.Muchagata, M. and K. Brown, 2003. Cows, colonists and trees: Cattle and environmental degradation in Amazonia. Agricultural Systems 76: 797-816.

5.Milton, S. J., and W. R. J. Dean. 1995. South Africa's Arid and Semiarid Rangelands: Why Are They Changing and Can They Be Restored? Environmental Monitoring and Assessment 37, no. 1-3: 245-64.

6.Tainter, J. A. 1988. The Collapse of Complex Societies. New Studies in Archaeology, Cambridge University Press

7.Iannone, G. ed., 2014. The great Maya droughts in cultural context: case studies in resilience and vulnerability. University Press of colorado.
Ross, N.J., 2008. The impact of ancient Maya forest gardens on modern tree species composition in NW Belize. University of Connecticut.

8. Walker, B., Holling, C.S., Carpenter, S. and Kinzig, A., 2004. Resilience, adaptability and transformability in social–ecological systems. Ecology and society, 9(2).